DeNtrO del COctel
Revista En Línea No.5
Yo también tengo un sueño
Silvia Jiménez G.
Yo no sé de qué estén hechos los sueños; lo que me queda muy claro es que la vida está hecha de sueños
“Tengo un sueño”, dijo alguna vez un activista de color; un cineasta japonés filmó la cinta “Sueños”, aquel dramaturgo afirmó que “la vida es sueño” y el poeta aseguró que “los sueños, sueños son”.
¿De qué están hechos los sueños?, ¿de dónde vienen?, ¿existen, son reales? Alguna vez, cuando yo era niña, mi padre me dijo que todas las cosas importantes alguna vez fueron un sueño. Y yo, niña al fin, quedé impresionada con la sabiduría de mi padre. Años más tarde me di cuenta que la frase no era suya –jamás me dijo que lo fuera- pero constaté que era cierta. Y en ese entonces –cuando niña- yo tenía tantos sueños…
Soñaba con un día poder elegir libremente la ropa que me pondría y así salir a la calle sin que nadie me lo tomara a mal, sin que nadie me ofendiera, sin el riesgo de ver mi fotografía en el Alarma!, junto con otros lilos o mujercitos, tal y como los designaba el tabloide amarillista.
Crecí y seguí soñando. Muy despierta, para no perder el piso. Como aquellos estudiantes del 68 en París, también yo era realista, exigía lo imposible. Y es que ¿podía haber mayor imposible que ser una mujer a pesar de contar con una genitalidad que esta sociedad, tan dada a clasificar y descalificar, tan dada a no mirar más que en blanco y negro, tan dada a normalizar y patologizar, habría decidido, por decreto y mayoriteo, que era exclusiva de los varones?
Mi único refugio, entonces, era la clandestinidad, lo oscurito, el escondrijo... y los sueños.
Sí, por la noche antes de entregarme al sueño, soñaba con ser una princesa, un ama de casa o una feminista de esas que a mediados de los años setenta empezaba a aparecer en nuestro país. Soñaba que iba a Liverpool, París Londres –ya extinta- o la naciente Suburbia y con entera libertad podía probarme faldas y vestidos, comprarme medias, zapatillas y todo aquello que estaba reservado únicamente a quienes hubieran nacido con los cromosomas XX.
Hay que soñar, señor, hay que soñar, señora, señorita. Soñar que el señor no existe, soñar que en el súper te dicen “¿va a llevar jamón, señorita?”, soñar que puedes ser tú misma, ni más ni menos.
Al paso del tiempo me quedó claro de dónde vienen los sueños. Quizá de la extrema necesidad de que las cosas sean diferentes, quizá del irrenunciable anhelo de libertad; acaso es un invento de los dioses para permitirnos imaginar a qué sabe la felicidad.
Comprendí que aun y cuando intangibles y etéreos, los sueños existen; y algo más, que la propia vida está hecha de sueños. Hablo de la vida, de la intensidad del ser, de esa fuerza que nos impulsa, no de la simple biología.
Mi vida, sí, está hecha de sueños. Y ahora que por las mañanas puedo elegir libremente ponerme un vestido y no un pantalón, y ahora que puedo ir a Suburbia a probarme faldas y blusas, y a comprar medias y zapatillas, y ahora que puedo ser yo misma, tal como me soñaba en la adolescencia –o incluso un poco más- no puedo dejar de reconocer cuánta razón tenía mi padre al decir, como muchos otros, que todo lo importante fue alguna vez un sueño.
Pero hemos de seguir soñando. Aun no hemos alcanzado lo imposible, y debemos exigirlo. Por eso es que, como aquel gran hombre llamado Martin Luther King, asesinado cobardemente por luchar en contra de la segregación en los años sesenta, yo también tengo un sueño: Es un sueño profundamente arraigado. Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de la democracia y la libertad; afirmamos que estas verdades son evidentes, que el ser hombre o ser mujer no depende de la genitalidad que aparece entre las piernas ni de las hormonas y ni siquiera de los cromosomas.
Sueño que un día, en los verdes valles de Xalapa o en los modernos centros comerciales de la Ciudad de México, los seres humanos podremos vivir libremente de acuerdo con el género con el que nos identifiquemos. Sueño que un día, incluso estados tan conservadores como Querétaro, Puebla, Guanajuato o Aguascalientes, que se empeñan en poner sus creencias religiosas por encima de los derechos humanos, se conviertan en un oasis de libertad y de justicia.
Sueño que mis hijos y los hijos de mis hijos vivirán en un país que no les asignará un género y un nombre por el solo hecho de nacer con un cuerpo determinado, sino por lo que existe verdaderamente dentro de su ser, en lo más profundo de sus convicciones.
¡Hoy tengo un sueño!
Sueño que un día, los templos y las catedrales, donde los clérigos escupen frases insultantes en contra de quienes no se apegan a los esquemas rígidos de identidades sexo-genéricas, se conviertan un lugar en donde los seres humanos podamos expresarnos con faldas o pantalones, con blusas o con camisas, con zapatos o zapatillas sin importar nuestros cuerpos, y en donde podamos besarnos y abrasarnos sin importar nuestros géneros.
¡Hoy tengo un sueño!
Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.
Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual seguimos caminando. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.
Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a ti te canto. Tierra de libertad donde tantos hombres y mujeres murieron a causa de sus identidades sexo-genéricas, donde tantos hombres y mujeres debieron soportar un género que no les corresponde, donde tantos y tantas debieron callar y esconderse en lo más profundo de sus armarios.
¡Hoy tengo un sueño!
Que travestis y transexuales, gays, lesbianas, bisexuales e intersexuales, que todos y todas podamos ejercer una profesión, contar con una cédula de identidad que nos acredite como somos y no como la sociedad quiere que seamos, que podamos formar parejas y familias sin importar el sexo o el género de cada quien. Que nadie más que nosotros y nosotras decida la ropa que habremos de vestir y el género con el que habremos de expresarnos; que nunca más una joven travesti o transexual tenga que vender su cuerpo para poder subsistir; que nunca más la forma de vestir sea motivo de burla, escarnio, discriminación ni, mucho menos, de odio y agresiones. Que nunca más nadie pretenda quitarse la vida o mutilarse como consecuencia de no poderse apegar a los esquemas de género convencionales.
Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de la sierra de Puebla! ¡Que repique la libertad desde las extensas llanuras del Bajío! ¡Que repique la libertad desde los desiertos de Sonora y desde las hermosas costas del Pacífico y del Golfo de México! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de las selvas chiapanecas! ¡De cada costado de la montaña, que repique la libertad!
Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, gays y lesbianas, travestis y transexuales, bisexuales e intersexuales, heteros y flexibles, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo anhelo: "¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!"