Limón con Chía

 

Artemisa Téllez

 


www.artemisatellez.info

 

Limón con Chía

 

Confusión de cuerpos y almas, dolor, gozo; vivir en el anhelo de ser otra y tú, siempre…
Espejo, eterno espejo, en el que todas habitamos mudas en nuestro bullicio y en el que nos reflejamos pareciéndonos más cada día.
Mujer, eres un misterio hasta para ti misma…

II

La casa de Marichú es un laberinto sin minotauro. Mide diez metros por piso pero tiene cuatro y un patio pequeño o grande en cada uno de ellos, hay dos escaleras que por alguna razón absurda se juntan en un descansillo y vuelven a separarse. La cocina está hasta arriba y en su pedazo de terraza con sol tiene puesto un comedor de plástico cuya sombrilla nos cobija casi cada vez que venimos a verla. La Mari guisa muy bien, siempre nos prepara algo picante y cocteles con mucho limón y hielo. Somos siempre cinco o siete alrededor de la mesa y hablamos sin decir nada de cómo nos fue en este o aquel evento, qué sabemos de Anita o Lupe o Chela o de esta otra chava ¿te acuerdas? la ex de Paulina…

 

Cuando traemos novias o viene alguien nueva, invariablemente le preguntamos ¿cómo te iniciaste en esto? como si ser lesbiana fuera un negocio, una ciencia oculta, una religión. Intercambiamos experiencias, recetas de vida; tragedias y chistes de salir del clóset, de enamorarse de una buga, de las primeras andanzas por este universo exclusivamente nuestro en el que no entran el hermano, el marido, el papá…



Hoy tocaron picaditas: unas de papa con chorizo, unas de huevo y otras de rajas. Están bien ricas aunque se le pasó la mano de chile, las de rajas están simplemente incomibles. No hay visitas especiales, así que nos entregamos a la comedera desenfrenada y al chisme.
Marichú tiene una forma de hablar que hace que me carcajee; llena de comparaciones absurdas, metáforas sorprendentes, procacidades y refranes mal entendidos. Rosario, Emilia y Beti se ríen también de ella, con ella, porque están contentas de estar aquí.
Hay que reafirmarse –grita Chayo- ir al cumpleaños de Quique fue verdaderamente una tortura (Quique es su sobrino de seis años) Mi mamá se la pasó haciéndome caras y mi hermana Gabriela toda tensionada porque le da pena con sus suegros ¿pa qué me invita?, ya me conocen ¿no? Chance tenían la ilusión de que fueras de pelo largo y falda de flores… Y tus trenzotas.. Risa general.
Me quedo mirando el agua de limón con chía, se está calentando bajo el sol mientras le damos baje a las caguamas. Dos picaditas se endurecen en el plato, nadie se las va a comer, estamos más llenas que unas boas. Mientras hablamos y nos reímos nos miramos, las miro: pantalones y camisa de cuadros, sólo Emilia y yo no (blusas bordadas y faldones), parecen tres tipos imberbes, me río, para mí, para mis adentros: machas, mari-machas.
Hay que reafirmarse, levantamos nuestros vasos y brindamos ¡salud! Y tómale o son siete años sin orgasmo.. ¿Otra vez? –pregunta Mari- y se me sale la chela por la nariz. Me gusta ser así, que sean así, qué carajos, que seamos como nos de la gana. No eres nada curiosita, me decía mi mamá, sé más femenina y no sé a qué se refería porque de verdad que he sido más jota que la Jesusita en Chihuahua: aretotes, pelo largo, muchos anillos, faldas, tacones y bilé. Tuve montones de novios y aunque les ponía el cuerno con las niñas, eso se supone que mi ma no lo sabía.
III

A las cuatro por el cuatro pasan películas mexicanas de todos los malos tiempos del cine nacional. Puras a color, de Claudia Islas, Joaquín Cordero, Irma Lozano, Pedro Fernández y de invitados especiales Pili y Mili o Palito Ortega. Me encanta verlas, el mal cine tiene algo que las buenas películas jamás lograrán darnos: un profundo entendimiento de la pose, la cursilería y la estupidez; tan comunes, tan humanas.
          Desde niña mi más grande filia incomprensible fueron Lucerito y Angélica María, podía ver sus películas diario sin cansarme y por más terribles que sean, creo que aun podría. Recuerdo como si fuera ahora mismo estar echada al pie de la cama viendo Cinco de chocolate y uno de fresa y haber escuchado a la prima de mi madre decir que Angélica María era lesbiana. Entendí sin entender y me puse a deambular por el departamento para ver que más escuchaba. “Así les pasa a las que son tan bellas, se acaban enamorando de sí mismas…”
Me vi en el espejo con curiosidad, eso no podría pasarme, no era yo tan bella como para eso, pero crecería y entonces -tal vez- podría ocurrirme la maravilla y la desgracia de enamorarme de mí.

IV

Cuando conocí a Marichú me cayó muy mal. Es que la homofobia no es exclusiva de los bugas, estamos tan educados en ella (amaestrados) que somos capaces de ejercerla aunque estemos en el mismo barco y seamos casi, casi el capitán. Creo que yo tampoco le caí muy bien, me saludó sonriendo y frunciendo el seño a un tiempo, mirando de reojo a Emilia que fue quien me llevó a su casa.
          La primera lesbiana del mundo para mí fue Emilia. Nos descubrimos en el salón de clases cuando ella llevaba una camiseta propagandista de la marcha. Yo nunca había ido a una marcha y nunca le había dicho a nadie lo que pensaba de mí; es que no era tan bonita, no tenía justificación.
Ella era preciosa, divina, todo lo que en mis sueños guajiros pensé que era una lesbiana, pero además era cálida, simpática, dulce, profundamente femenina, hasta maternal. Le dije que yo creía que a mí me gustaban las mujeres y se emocionó como si le hubiera dicho a mi abue que ya me voy a casar. Platicamos mucho, todas sus palabras eran revelaciones, me regaló un universo por dirigirme la palabra. Después me invitó a la fiesta.
          No pude dormir, faltaban cuatro días y todos me la pasé revolcándome en las cobijas con un ojo abierto y el otro cerrado ¿Qué clase de portentos asistirían a la fiesta? Tal vez no me iban a aceptar. No conocía a ninguna lesbiana, había escuchado que Maricruz Olivier, Marlene Dietrich y Angelina Jolie lo eran, pero ¿qué tenía yo en común con esas mujeres, con esas divas de la pantalla, con esas superhembras?
          Me puse un halter rojo y unos zapatos que parecían de flamenco. El collar, los aretes, los anillos en plata vieja y un abrigo negro. Me vi con Emilia en el Sanborns de la carreta y nos fuimos en su carro a la fiesta. Qué lindo vestido, te ves súper bien.. Mi corazón, pobrecito, casi se para y me muero.
       

Atrás quedaban mis padres mirándome confundidos sin saber si alegrarse por mi arreglo o molestarse por haberme citado con “él” en un Sanborns a las diez de la noche. Atrás el mundo, los novios, Angélica María; las chaquetas silenciosas de una vida gastada inútilmente en busca de lo femenino.

  
          La reja de herrería pintada de violeta se abrió y lo que salió fue Mari con esa sonrisa falsa y rostro de interrogación. Adentro se oía la música, así que nos presentamos sin aspavientos y ellas caminaron abrazadas delante de mí. Las seguí con el corazón en la boca. Voy a entrar, estoy entrando, entro: pelos cortos, camisas de cuadros, botas, boinas y camisetas. El maquillaje brillaba por su ausencia; los ojos se me abrían involuntariamente, desorbitados; se me iban a caer, a rodar por el suelo ¿Una cerveza? Sí, gracias. La vacié dentro de mí como en un caño. Me senté en una esquina y bebí, bebí, bebí una Victoria tras otra, pero sólo de botella. No entendía dónde estaba, qué pasaba, qué era esto. Emilia me sacó a bailar, me preguntó si estaba bien y le dije que sí.
Al poner mi mano en su cintura me enamoré. Qué ojos, qué sonrisa, qué cadera, qué manera de bailar Elvis Crespo, El Símbolo, Juan Luis Guerra; yo nunca bailaba así con nadie, yo nunca antes bailé así con una mujer.
          De pronto entró una chava: castaña, bien vestida, masculina natural, saludó a todas con abrazos y sonrisas, se acercó a Emilia y la besó. Sus bocas, como ventosas, se quedaron pegadas perpetuamente y yo, pálida, sentí que de mi cuerpo destilaba hielo, nieve pegajosa de limón sin chía.

V

Marichú me cayó mal porque me trataba como si fuera yo una niña, una niña pesadita de esas a las que hay que darles el avión hasta que superen su edad de la punzada. De ahí en adelante tuve que verla varias veces porque, aunque no había encontrado a ninguna Marlene Dietrich en la fiesta aquella, aceptaba cuanta invitación me hacía Emilia. Yo no quería ser macha, no me gustaban las machas y a pesar de todo les huí muy poco porque aparentemente no tengo capacidad de negarme a las mujeres.
          Mi casa se tornó un gran clóset, de varios habitantes por cierto. Al principio yo hice por engañar, después dejé correr medias verdades, pero no la verdad. Es que ellos no querían saberlo y yo no quería decirlo en esas condiciones, hubiera sido una agresión.
          Te llamó una niña… Qué raro -contestaba mi mamá- a esta nunca le hablan mas que niñas. Mi papá trataba de tomárselo con calma; nunca le ha dado importancia a mis actitudes, todo ya se me va a pasar. Pero no se me pasó, no se me pasa; la libertad que me dio conocerme me modificó hasta hacerme otra: nueva, distinta, valiente…
          Me salí de la casa a los ocho meses.. a vivir con Marichú.

VI

Cuando Lucero se casó mi novio y yo vimos la boda en la tele. Es que, en cuestión de mujeres, Luis y yo teníamos el mismo gusto. Ahí estábamos los dos chuleándole el vestido, el peinado, los zapatos y acabándonos en críticas al pobre marido: tan viejo, tan feo, tan sin chiste… En ese entonces tenía yo la melena larga, los vestidos cortos, los modos coquetos y pretendidamente inocentes de los dieciséis años. El novio se puso romántico con tanto canto, tanto vestido largo, tantos kilos de arroz ¿Te casarías conmigo? Sólo exclamé con horror: ¡¿ahorita?!
 En el otro cuarto sólo escuché una carcajada.   

VII

Vivir con Marichú fue la mejor experiencia que pude tener a los veintidós años. En su casa me curé la mamitis, la homofobia, el closetazgo. Aprendí a guisar, a reparar muebles de madera, a destapar caños, a golpear a los acosadores y a no juzgar a la gente por las apariencias.
Con ella fui feliz, muy feliz en esa libertad cautivadora de las primeras veces. Mis primeras marchas, mis primeras novias, mis primeras fiestas y reuniones de mujeres; mis primeras rupturas y lágrimas al entender que nada es eterno o que, siendo lesbiana, querer casarte con tus amigas resulta algo relativamente normal.
Ahí terminé de asimilar que Emilia tenía una novia y que si bien a mí me parecía una cabrona, ellas se entendían y arreglaban sus diferencias a su manera. Tuve que reconocer que se amaban.
Marichú cambió conmigo y yo con ella y lo que empezó siendo un casual, una transacción, terminó por ser una amistad de oro medida en millones de desayunos, comidas, cenas, vinitos, cafecitos y chelas plagadas de amenas conversaciones y risas sin fin.
Sí, creo que finalmente acabó pasando lo que dijo mi tía: que me enamoré de mi misma por ser tan bella y perfecta; me enamoré de ser mujer como cada mujer lo entienda, como entiendo sin entenderlo en ellas…

VIII

Machitas, machas, mari-machas; tienen su chiste no crean, su encanto. Mi primera vez fue con una de ellas, estaba yo tan caliente que derretía el suelo donde pisaba. Me acaparó desde que entré al lugar, un antro cucho y mugriento llamado el Roza bar a donde fuimos a caer después de una noche de juerga en unas vacaciones en Oaxaca. Bailamos mucho, ella me tiraba todos los chones y mis amigas se reían de mí. Vas, me gritaban emocionadas, es tu oportunidad. No me gustan masculinas, fue toda mi respuesta a su insistencia.
Lo hicimos en el cuarto de mi hotel mientras mis amigas desayunaban bufette en el restaurante de abajo. Fue lindo, súper lindo, me sentí muy bien. Cuando se iba nos dimos un largo beso y prometimos vernos en la noche, pero nunca sucedió.
No, no hubo lágrimas, ni campanas, ni flores, ni sábanas cubiertas de viscosa sangre virginal. Hubo sexo, simple y sencillamente, sexo que era lo que yo quería y buscaba: calores del bajo vientre de otra mujer.
Después de eso fue fácil, un largo camino de putería acostándome con cuanta quinceañera, cuarentona, macha o buga descarriada se dejara, para conocer, para conocerlas, para conocerme a mí que siempre es lo más cabrón. Luego, sí, lágrimas y campanadas; mariposas en la panza efecto de amores fallidos y uno que otro exitoso también.
La primera relación larga, el primer departamento de las dos, los primeros platos rotos de nuestra linda vajilla amarilla, unos sin querer y otros porque ya no puedo más, ya no te soporto… Dos años con sus bellezas y sus horrores y después un llorar sin límites por seis meses y medio para aceptar que el amor sólo es eterno mientras dura.

IX

A Emilia le debo mi libro de poesía. Casi cada verso de mi vida se lo escribí a ella, primero porque estaba enamorada, después decepcionada, más tarde resignada y por último demasiado hecha a llamarle al amor con su nombre.
          Ella se daba cuenta de esa pasión mal encausada que tan prolífica hizo mi breve carrera de poeta, pero supo manejarlo de tal modo que yo misma acabé agradeciéndole a Dios el que nunca me haya hecho caso. Es que el incesto es un pecado que se paga muy caro, seis años tuvieron que pasar para que Rosario y Emilia volvieran a ser amigas…
          En fin, que novias van y novias vienen y aquí estamos, contra viento y marea, bebiéndonos las caguamas juntas, nosotras.

X

La primera mujer con quien viví se llama Sofía. Es hermosa, bella, tierna, inteligente y creo que no, nunca voy a dejar de estar enamorada de ella. Se fue a vivir a Brasil y no nos vemos ni nos carteamos, pero cada ciclo (solar, lunar...) volvemos a encontrarnos.
Somos millones y sin embargo te vuelves a ver, coincides: Lesbos es una isla difusa que habita en todos los continentes; se hace palpable en fiestas, marchas, reuniones, congresos a los que asistimos inefablemente como un judío a la sinagoga.
Vivo y sobrevivo a ella, por ella, a pesar de ella; en su presencia, en ausencia porque aunque no podría amarla de nuevo, quisiera siempre volver a intentarlo.
Con ella lo aprendí todo, fue mi dulce mentora, mi más tierna amante, mi amiga. Después me abandonó y me dejó a mi suerte, cosa que tal vez, sea lo que más tengo que agradecerle. Aprendí a volar inflamada por un coraje increíble, asumí que suprimir el dolor, sería dolerme perpetuamente, así que la lloré por todos los confines de mi vida hasta que me cansé.
Nunca le he escrito un poema.

XI

Estudiar con monjas y niñas es la educación perfecta para una joven lesbiana. Las monjas son ante todo una comunidad amazónica de féminas unidas por lazos solidarios, laborales, ideológicos y por qué no decirlo: también sentimentales. Ahí te enseñan el discurso de que tener a un hombre al lado es una necesidad vital de mujer, aunque se arreglen perfectamente sin ellos.
A los ocho años tuve como maestra titular a la madre Tere, cosa que es muy extraña, tomando en cuenta que la Secretaría de Educación Pública tiene estrictamente prohibido que sean las religiosas quienes impartan los cursos ordinarios, probablemente era novicia y licenciada en educación y por eso había obtenido el permiso sin problemas. El hecho es que Tere nos daba clases y la madre Lourdes la de educación en la fe.
Ese año aprendí muchas cosas, pocas de ellas pertenecen al plan de estudios. Lourdes siempre estaba en el salón, con una excusa o con otra permanecía ahí acompañando y ayudando a darnos la clase, a disciplinarnos, a enseñarnos una canción y otra y otra que ella tocaba en su guitarra y cantaba con una emoción sin límites. La miraba, se miraban y en los descansos nos daban juntas la comunión, cosa que a todas nos ilusionaba porque acabábamos de hacer la primera. Lourdes amaba a Tere y Tere no sé, se dejaba querer o también la quería. Yo lo veía, lo entendía, lo sabía y nunca lo comenté con nadie porque es una de esas cosas de adultos que piensas, no sin razón, que ya entenderás cuando seas grande.
Cerca del fin de curso Tere comenzó a ausentarse más y más hasta que un día no regresó, nos dijeron que estaba muy enferma y no debieron haberlo hecho porque nosotras sufrimos enormes angustias cuando con profunda devoción rezábamos para que sanara. Lourdes sustituyó el curso y nos hizo los exámenes finales. A Tere nunca la volví a ver, Lourdes en cambio en los muchos años que estudié en el Instituto fue prefecta, coordinadora, directora y mi maestra de (háganme el favor) orientación sexual. Tuvo muchas novias, muchas pretendientas y pretendidas entre maestras, monjas, alumnas y una que otra madre de familia. He de reconocer sin embargo, que vi muchas cosas pasar y pasarle, pero jamás el brillo tibio y enmielado con el que miraba a mi maestra de segundo de primaria.  
XII

Jugar cartas es una de tantas malas aficiones que adquirí en la pubertad. Las demás (beber, fumar, masturbarme, tomar demasiado café, opinar a la ligera y dormir con música) las he dejado a ratos o definitivamente, pero esa jamás. Jugar es mi delirio, mi pasatiempo favorito, algo por lo que soy capaz de perder todo escrúpulo en la vida.
Mi mamá me enseñó: Siete arriba siete abajo, Uno, Bruja, Continental, Pócar, Bigochos, Manotazo, Rueda y Viuda con comodín. Mi favorito era el último, mismo que enseñé a jugar a todos los vagos que por esos entonces conocí y comandé. Así es, señoras y señores, por esos años de extrañas mutaciones yo era una machita hecha y derecha, de resortera en mano y pantalones rotos.
Nadie corría como yo, nadie trepaba a los árboles, decía albures, robaba en la tiendita de la esquina, comía tacos al pastor, daba de golpes, escupía, buscaba pleito ni gritaba como yo; eso si, pegada a mi hermanita como he estado y estaré siempre…
Mi hermana es mi gran amor, la más bonita del mundo y en esos entonces éramos dos cabras locas, igual de buscabullas e invertidas las dos. Ahora a ella le gustan los hombres tanto como a mí las mujeres, pero seguimos en la misma frecuencia.
En esos entonces conocí los primeros calores: los de otros y los míos. Tenía un archienemigo que me hacía la vida miserable porque estaba enamorado de mí, yo en cambio moría por su hermana. Todas las tardes Mariana y yo íbamos a jugar a casa de Citlalli y Víctor, su hermano, nos hostilizaba para que nos fuéramos. Al final siempre lo lograba y qué más daba si el resto de la ciudad era nuestra. Víctor no, él se quedaba en su casa haciéndose el propio mientras a nosotras nos perseguía un policía, nos regañaba una viejita, nos echaban a un perro maligno y había que correr. Éramos una banda de delincuentes juveniles y siempre encontramos quien se nos quisiera unir.
Citlalli me admiraba mucho, yo la quería, era bastante fea pero eso nunca ha sido un impedimento para que se ame la gente; me gustaba y cuando hacíamos equipos y jugábamos juntas nos dábamos abrazos largos y besos en las mejillas que simulaban otros: los de los hombres. A mi hermana le daban celos y yo le repetía siempre “Mariana tú no tienes competencia, a nadie del mundo quiero como a ti” y era verdad, pero gracias a Dios nunca me ha gustado ella.
Una tarde se organizó un gran juego de cartas entre los tíos de Víctor y Citlalli, ella y mi hermana ya estaban cansadas así que se fueron a dormir. Víctor y yo nos sentamos en la mesa con los grandes, nos lanzamos mutuas amenazas y comenzamos a jugar. Gané, gané, gané y Víctor se desesperaba mucho, estaba perdiendo y sus familiares empezaban a hacer chistes malos sobre su hombría. Yo no me compadecí, al contrario quería acabar con él porque lo odiaba. Esa noche después del juego de cartas nos besamos bajo la escalera y Citlalli nunca volvió a vagar conmigo por los jardines de la unidad.     

XIII

La marcha del orgullo es un evento que debería figurar en las guías de turistas de esta ciudad. Por unas horas de mágica algarabía, los armarios se abren y dejan escapar mariposas de todos colores y una que otra polilla. Desde 1998, año en que asistí por vez primera, he recopilado una enorme colección de fotografías de personajes ataviados de maneras estrambóticas, mantas con consignas y peticiones y parejas besándose. Nunca tomo fotos panorámicas, me gusta el tono único que dan las caras, esas de los que las dan al mundo, por lo menos ese día.
En la marcha he conocido gente, visto pasar a mis ex y a mis futuras y gritado y llorado de la emoción: No somos uno, ni somos cien, pinche gobierno cuéntanos bien…
Fiesta de carros alegóricos, vestidas y desvestidos; desfiles de diversidades diversas, de universos alternos que circulan gritando del ángel al zócalo que cada vez se llena más. Y muchos no van, tienen miedo que los vea su abuelita, no quieren salir en la tele, en los periódicos, porque puede que tengan suerte, que la prensa los saque del clóset ignorando a los otros quince mil… Yo he dado entrevistas, me fotografían cada año con mi disfraz de monja y nunca he logrado una página, así es la vida.

XIV

Dolor, ay, dolor; porque no todo es carnaval por el camino de colores, hay penas, muchas. Las amigas se van, se exilian, los amigos –quinceañeros perpetuos- se marchan a otras naciones donde se pueden casar de blanco, prometer fidelidad, besar al novio y firmar. México está en pañales, si bien nos va, en tres sexenios pasará la ley, una ley que nos incluya. La gente tiene miedo, piensa por alguna razón que legislar es aplaudir una conducta, extrañamente nuestra constitución sí contempla violadores, pederastras, traidores a la patria y multihomicidas; jotos no, ni lesbianas; no digamos nada de las trans, bi y aquellos que yo misma ignoro y olvido.
          El primero en irse fue Franco, se huyó como pueblerina sin decirle nada a nadie. Sus padres creen que estudia en el extranjero. “Tiene una beca, es tan buen muchacho” Nunca les dirá la verdad.  
Después se fueron Adriana, Sofía y Carmen, unas tras del amor, otra de la justicia social y no creo que vuelvan. Las extraño. Yo, aquí me quedé, aquí me quedo. Amo mis machas de clóset, el sabor a provincia prejuiciada, ciega; las verdades relativas, las promesas de campaña, las causas perdidas… Así me levanto en la mañana  y le rezo a mi Lupita: Dame de qué vivir, Madre, para qué vivir me sobra...
XV

La mejor peda de la vida me la puse en Xochimilco un día de mi cumpleaños. Estábamos eufóricas y borrachas, fundidas en un solo estómago insaciable, en un vientre cálido y agridulce. La mesa rebosaba: era el retrato de una tierra en jauja. Veintinueve años. Chicharrón, carnitas, guacamole, tortillas, tostadas, nopales, quesadillas de queso, cerveza, tequila, ron, aguardiente, mezcal, bacanora, chicha, anís Chinchón y Viña Real. También un pastelote de cumpleaños. Las bebidas exóticas las trajo Chayo de alguno de sus viajes, la comida la compramos al llegar porque somos huevonas. El guacamole lo preparó Mari y un toper diminuto de rajas con crema, sólo para mí. Éramos veinte en total: catorce mujeres y seis hombres, todos vestidos de blanco, como se los pedí.
          Cantamos con los mariachis, con el trío, con la marimba (Voy por la vereda tropical, la noche llena de quietud con su perfume de humedad) Juan Gabriel, Manzanero, José Alfredo. Bailamos, lloramos, nos reímos, nos empachamos, vomitamos, nos besuqueamos, nos enamoramos, nos dijimos cuánto te quiero, amiga, hermana.. Alguien se cayó al agua, todo fluyó sin pausa, sin prisa, placentera y armónicamente como la trajinera sobre el lago verde.
          Ya en casa de Marichú, desde su comedor al aire libre, vimos salir el sol y llenarlo todo de una luz inédita, completamente nueva y me sentí feliz, mágicamente obnubilada por un instante que una tripa mía rompió: hora de desayunar.

XVI

¿Que si nunca lo he hecho con una amiga mía?, Si, alguna vez, alguna con cada una. Cuando terminé con Sofía se me cerró el mundo. Sentí que no podía más, que no daba. La casa quedó vacía, sin ella todo perdió significado. Me moría. Le pegué a las cosas, me jalé los pelos, me tiré en el suelo, lloré, lloré, lloré ¿Por qué me abandonó a mi suerte?, ¿por qué no se llevó todo para que pareciera un sueño?
          El teléfono sonó, no lo contestaba, la máquina acumuló mensaje tras mensaje, ninguno era de ella. Mana, voy por ti; hoy hay una fiesta y… a lo mejor no estás de humor, pero es bueno que salgas. Si te sientes mal nos vamos y si no quieres ir ¡contesta el puto teléfono y dilo!  Corrí a toda velocidad, me abalancé sobre el teléfono, había colgado, era una trampa. Pensé en cancelar, pero el tiempo se me escurría de las manos llorando cada foto, cada mueble, cada espacio que habíamos decorado juntas para vivir felices para siempre. A las ocho tocaron, yo pensaba no abrir, pero lo hice.
Emilia entró oliendo a Anaïs, Anaïs, peinado locochón pero perfecto, botas y falda estrambóticas, sonriente, muy sonriente. Vine temprano para que nos tomemos un vinito antes de irnos. Lo sacó de su bolsa. Fue por los vasos y se echó en mi cama mirándome fijo: ¿qué te vas a poner? Empecé a hablar, dije balbuceando que no quería ir, que estaba cansada, que mejor viéramos una movie o de plano se fuera sola. Se rió, no sé qué diablos me dijo pero me maquillé, compré una botella y bailé toda la noche peda, bien peda. En el carro de vuelta venía llorando, bajé el vidrió y por la ventana entraba un ventarrón de madrugada helado y a toda velocidad. Las lágrimas volaban por el Viaducto, mis mocos llenaban un clínex tras otro. Emilia no hablaba, manejaba con una mano y con la otra me sobaba cariñosamente la espalda.
Le pedí que se quedara a dormir y me acosté en su pecho que llené de más y más lágrimas. La besé y se dejó besar en un acto extraño de solidaridad. Me besó y mi corazón roto se estremeció hasta volver a juntarse. Manos, brazos, piernas, bocas cerrándose lentamente alrededor de ella. Me besó, me besó mucho con una ternura etérea que lavó todas mis heridas. El éxtasis fue lento, una comunión de amigas respirando al mismo tiempo, una confusión de cuerpos por la cual sudar agradecida.  
A la mañana siguiente me ayudó a empacarlo todo para cambiarme de casa. La abracé prolongadamente y le dije que la adoro. Ella todavía andaba con Rosario.

XVII

Beti es la más noviera de todas, es que es muy guapa y muy loca. Tiene el pelo rizado, corto, los ojos enormes color aceituna y una tortuga de mar bajo la séptima cervical, sobresaliente y perfecta. Es muy caliente, dice ella misma que se acuesta con cualquiera que presente una identificación con foto. Es la menor y salió del clóset a los once años. A pesar de todo ha tenido sus andanzas, altibajos varios entre los que se encuentran un matrimonio y un intento de suicidio… Es muy intensa Beatriz, así la quiero.
A Beti la conocí por Sofía una noche de año nuevo, me cayó muy bien desde el principio y nos hicimos amigas. Ellas tenían tres años de conocerse, paradójicamente hace cuatro que no se hablan. La distancia es tirana, dicen.
Yo nunca le he dicho que no lo haga, que no la vea, que no le llame; al contrario, al contrario; hay algo sin embargo que lo impide: El tiempo ha pasado y hoy Beatriz me quiere más, me quiere y me quiere querer.

XVIII

El agua de limón con chía quedó insípida con tanto hielo. Nos la tomamos, es rica y nadie piensa hacerle el feo. Es hora de la comida, ya digerimos las picadas y empezamos a botanear contándonos por milésima vez nuestras vidas. Las carcajadas van unas tras otras, se persiguen en una carrera tropezada, pero continua. Se ríen, me río, nos reímos porque estamos contentas de estar aquí, de ser quienes somos, como queremos ser.